{"id":9688,"date":"2021-07-06T19:25:35","date_gmt":"2021-07-06T22:25:35","guid":{"rendered":"http:\/\/prd-cul-web04.vicentelopez.gov.ar\/?page_id=9688"},"modified":"2023-01-29T14:31:22","modified_gmt":"2023-01-29T17:31:22","slug":"tapabocas-2","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/lumiton.ar\/en\/nuestra-historia-de-cuarentena\/tapabocas-2\/","title":{"rendered":"Tapabocas"},"content":{"rendered":"<p><b>Tapabocas<\/b><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando empez\u00f3 todo, est\u00e1bamos los dos en el sanatorio. A Ernesto le hab\u00eda salido un sarpullido en todo el cuerpo junto con unas l\u00edneas de fiebre que no bajaban y fuimos a la guardia, qued\u00f3 unos d\u00edas en observaci\u00f3n mientras se recuperaba poco a poco. Nunca supimos bien que tuvo, pero ah\u00ed fue cuando llegaron las primeras noticias de Europa.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Volvimos a casa ya con los papeles del alta. Aunque, \u00e9l segu\u00eda d\u00e9bil, por la enfermedad, intentamos seguir con la rutina, como si no pasara nada, un poco consternados porque las im\u00e1genes que llegaban de la tv eran impactantes. Pero Europa quedaba lejos. Y lo que estaba lejos nos dol\u00eda, de alguna forma, un poco menos. Y hasta nos resultaba irreal.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Nosotros siempre fuimos muy esc\u00e9pticos, Ernesto y yo. -Apag\u00e1 la tele- sol\u00eda decirme, indignado, -nada bueno sale de ah\u00ed. Y se iba al banco de madera del fondo, bajo el mandarino, a fumarse un pucho, y a pensar en algo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">As\u00ed, de golpe, las noticias que nos invad\u00edan del viejo continente, y que se ve\u00edan tan lejanas, comenzaron a parecernos m\u00e1s reales, y menos imposibles de creer.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">All\u00e1 en Italia, relataban los noticieros, cuando a escondidas prend\u00eda la tv, todo era un caos. La muerte acechando a todos. Como una sombra voraz, imaginaba yo, arrebat\u00e1ndole la vida a quien se le cruzara en las calles. Y que\u00a0 ahora tambi\u00e9n en Espa\u00f1a, y en Reino Unido\u2026 y que todo hab\u00eda empezado en una ciudad de China, y que\u00a0 tarde o temprano nos iba a tocar a nosotros.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Lentamente, nos fuimos sintiendo inc\u00f3modos con todo el asunto, y como las hojas del oto\u00f1o, secas y crujientes que empezaban a caer sobre la vereda, tap\u00e1ndola con sus tonos marrones y su melancol\u00eda, as\u00ed nos fueron cubriendo lentamente las dudas y los temores.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Aparecieron entonces, unas semanas despu\u00e9s, los primeros casos en nuestro barrio: un virus fatal, de m\u00e1xima contagiosidad, que acechaba a viejos, principalmente. Como si la muerte no se conformara con el peso de nuestros a\u00f1os, adem\u00e1s nos amenazaba un virus mortal a la vuelta de la esquina.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Y as\u00ed, nos pidieron un d\u00eda, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">los que saben<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, ya no recuerdo cu\u00e1ndo, que nos qued\u00e1ramos en casa. Y cumpliendo a rajatabla, toda una semana, sin salir de nuestra casa. Los dos juntos, con un poco de temor, entre mate y mate, y con un colch\u00f3n de hojas de oto\u00f1o sobre nuestra vereda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Obedientes, nos quedamos en casa, otra semana m\u00e1s. Y otra. Y otra m\u00e1s. El miedo a contagiarnos, y a que nos contagiaran, con las palabras, con la cercan\u00eda, con el contacto. Nos acostumbramos a la idea de no salir de casa. Palabras como <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">tapabocas, confinamiento, cuarentena, distancia social<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, se fueron infiltrando en nuestra cotidianidad. Sin demasiados cuestionamientos, porque \u00e9ramos viejos y porque, adem\u00e1s,\u00a0 ten\u00edamos algo de miedo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A\u00f1os atr\u00e1s nos ocup\u00e1bamos mucho de la casa: Ernesto pasaba sus d\u00edas reparando goteras en los techos, o juntando las hojas secas para que no se tapara la canaleta, pintando las paredes, restaurando algunos muebles, ocup\u00e1ndose de su huerta, manteniendo el c\u00e9sped al ras; y yo limpiando ventanas, pasando el plumero donde el polvo se acumulaba, lustrando muebles vetustos y pesados, que Ernesto hab\u00eda heredado de su madre, cambiando el agua de los jarrones de cristal, para los jazmines frescos, reci\u00e9n cortados. La casa ol\u00eda bien, y nosotros la manten\u00edamos con esfuerzo, y obligaci\u00f3n. Mantenerla en condiciones indicaba, sin decirlo, que nosotros tambi\u00e9n est\u00e1bamos bien.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Afuera entonces, el virus. Adentro, seguimos con nuestra rutina, que ya era demasiado tranquila, sin sobresaltos, casi sin emociones. Nuestra casa era vieja como nosotros, y ahora ol\u00eda a humedad y a abandono. No sal\u00edamos excepto para hacer alguna compra de alimentos, que entre los infaltables estaban: las tostadas sin sal, la mermelada de durazno para \u00e9l, el queso crema para m\u00ed, la harina para amasar \u00f1oquis, un paquete de yerba, un jugo de manzanas, y el dulce de batata. Y para ir la farmacia, aunque poco necesit\u00e1bamos de all\u00ed, afortunadamente.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ernesto, una noche en la que no lograba dormir, se puso a germinar, tomate, cebolla, puerro, morr\u00f3n, palta\u2026\u00a0 Ahhh\u2026 ten\u00edamos un precioso \u00e1rbol de palta, era tan grande y tan alto, y nos daba frutos enormes y deliciosos, que molestaban al vecino cada vez que ca\u00edan sobre su patio y entonces Ernesto lo tuvo que derribar. De alguna forma, esa noche de insomnio, retom\u00f3 su huerta, esa misma que hab\u00eda dejado morir cuando se nos muri\u00f3 el perro, hace unos a\u00f1os.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Yo, en confinamiento, desempolv\u00e9 mis libros de poetisas de la juventud: Alfonsina Storni, Julia P. Farny, Olga Orozco, Silvina Ocampo. Los le\u00eda a la hora de la siesta, mientras el tibio sol entraba por la ventana.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Las canas comenzaron a cubrir todo mi cabello, que peinaba una y otra vez frente al espejo, mientras se me escapaba una sonrisa, mi cabello suelto, largo, lacio, brillante, como en la juventud. Pero gris. Ya no compraba tintes para tapar lo que la sociedad o yo misma no quer\u00eda ver: el paso del tiempo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mientras tanto las noticias del miedo ocupaban horas y horas en la pantalla. Y nosotros, que \u00e9ramos grandes, demasiado grandes dec\u00edan <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">ellos<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, no deb\u00edamos salir. Porque el despiadado virus estaba ah\u00ed llev\u00e1ndose a los que corr\u00edamos riesgo, a causa de la vejez.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Y adentro, como nos recordaban todos los d\u00edas,\u00a0 est\u00e1bamos a salvo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Y all\u00ed dentro, a salvo, en este nuevo encierro, nos enfrentamos con nosotros mismos, con la casa, con el tiempo, con la soledad, porque est\u00e1bamos juntos pero era ese <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">estar juntos<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> una costumbre, los a\u00f1os que se nos fueron acumulando y la falta de valor para separarnos, para buscar nuevos caminos y nuevas aventuras. Est\u00e1bamos juntos pero muy solos, cada uno encerrado en su soledad.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A\u00f1os conviviendo con esta tormentosa y silenciosa enfermedad, que es la soledad dentro de la pareja, un encierro dentro de otro, un alarido desesperado que nadie oye, y ac\u00e1 est\u00e1bamos, obligados por <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">los que saben<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> a enfrentarnos -y a amigarnos tal vez- con nosotros mismos, con nuestras decisiones, con nuestro pasado, con nuestras pasiones y con nuestras soledades tambi\u00e9n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Recuerdo que una tarde, en este encierro impuesto, gritamos mucho, discutimos porque \u00e9l hab\u00eda perdido sus herramientas de poda y me culpaba a m\u00ed de sus olvidos, y yo enfureci, y \u00e9l tambi\u00e9n. Y no nos importaban los vecinos oy\u00e9ndolo todo. Quer\u00eda que me oyeran gritar mi desesperaci\u00f3n.\u00a0\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Quiz\u00e1s todos necesit\u00e1bamos que alguien, otro, cualquiera, escuchara de alg\u00fan modo nuestra desesperaci\u00f3n; de estar con uno mismo, de estar con otros; del amor sin amor; de la costumbre, de la soledad, de este: el encierro propio, el que nos imponemos nosotros mismos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"Tapabocas Cuando empez\u00f3 todo, est\u00e1bamos los dos en el sanatorio. A Ernesto le hab\u00eda salido un sarpullido en todo el cuerpo junto con unas l\u00edneas de fiebre que no bajaban y fuimos a la guardia, qued\u00f3 unos d\u00edas en observaci\u00f3n mientras se recuperaba poco a poco. 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