El otro lado

Desde el primer momento supe que fue un error habernos mudado aquí. Esta casa nos queda grande. Hay tanto eco y encima tiene pocos muebles: apenas un placard vetusto y húmedo que ocupa toda la pared, una mesa con dos sillas, un sofá de tres cuerpos pesado e inamovible, una cama de caño que cruje apenas uno se mueve.  Las paredes amarillentas están llenas de grietas, y se oye todo.

Así llegamos nosotros a esta casa  de manchas y de humedad y de paredes de papel. Con una valija pequeña para los dos, toda nuestra vida cabiendo allí.

Adentro el día transcurre lento. Me cuesta conciliar el sueño. La casa es demasiado grande y está vacía, hay eco por todos lados. Pedro me convenció de venirnos aquí, no pagamos alquiler, el barrio es tan tranquilo, casi muerto. Y están ellos, los que viven al lado, que rotundamente me niego a visitar.

Los del otro lado parecieran no perturbar a Pedro, pero yo los oigo, a horas extrañas, murmurando, siempre  dan pasos fuertes y apresurados, preparan el té en cualquier momento del día, y de la noche. Y lanzan carcajadas, desesperadas carcajadas como si necesitaran que los oyeran. Padecen de insomnio, como yo. Puedo sentirlos suspirar, y revolver el té una y otra vez con sus cucharas, como si ese sonido los aliviara. Enfermizo sonido de la cuchara golpeando contra la taza. Un sonido que antes disfrutaba.

Durante el día intento guardar silencio, porque sé que murmuran, que están ahí, agazapados, tal vez escuchándome, juzgándome. Ellos, juegan con el silencio, no hablan, apenas murmuran, tal vez solo necesiten mirarse para entenderse, o tal vez ya ni se miren. Pero cuando murmuran, ¡ay!  Eso a mí me inquieta. Y de repente, una carcajada. Al unísono.

Pedro dice que el encierro me está afectando. Que salga a dar una vuelta. Que apenas pasaron unos días, que tengo que acostumbrarme a la idea de vivir aquí. Pero cómo podría.

He perdido la noción del tiempo. Solo distingo el día de la noche. Pedro hace las compras, a veces sale a caminar, a despejarse.  Él sigue con su vida. Pero desde que llegamos a esta casa yo no puedo salir. Sé que están ahí, esperándome.

Mezquinos. Escondiéndose como yo, pero esperándonos, mientras murmuran, porque no quieren que los escuche. Porque esconden algo. Y lanzan carcajadas para que crea que están bien. Que todo está bien. Y a veces cuando el silencio es total  puedo oír a Bach desde su lado, ohh qué calvario estoy padeciendo.

No quiero salir, si salgo, es el fin. Sé que voy a cruzarlos cuando salga de este encierro, y ellos están ahí, esperando ese momento. Todo el tiempo. Todo el día y toda la noche.  Me esperan.

Y para colmo el reloj que se oye a través de las finas paredes. Un seco tic tac. Infinito sonido del tiempo, mientras ellos murmuran, Pedro dice que solo hablan bajo, bajito, son como fantasmas, se burla. Que son buenos, que no quieren incomodarnos, dice. Pero está su tic tac, y sus murmullos, y sus tacitas de té. Y sus carcajaditas.

Una casa asfixiantemente espaciosa. Pedro me pide que me ocupe de algo, que haga jardinería como él, o que termine de una vez algún libro. No puedo completar mis tareas cotidianas, son ellos… atraviesan mi vida con sus ruidos del día y de la noche y sus presencias como fantasmas, que quieren hacerse notar pero sin ser vistos. Están ahí, de algún modo, silentes pero tan ruidosos.

La otra noche, soñé que huía, que dejaba a Pedro. Llevaba en mi mano la pequeña valija. Estaba descalza para no hacer ruido. Solo salir. Escaparme. Y ahí estaba yo, frente a la puerta, queriendo huir, con mi valijita, dejándolo todo atrás, violando todas las normas y buenas maneras.  Y de repente, en la madrugada profunda, ese repugnante sonido del té, una pava a todo hervor, tazas y cucharas chocadoras. Otra noche de insomnio.

No recuerdo ya cuándo ni cómo llegamos hasta aquí, sé que todo ocurrió repentinamente, que era la mañana, y que no hubo otra alternativa, más que esta casa, vacía de muebles, llena de eco y de olor a vejez. Y están ellos. Los del otro lado habitando su parte de la casa, revolviendo el té con sus oxidadas cucharas y sus avejentadas manos.

Y es mi insomnio que crece voraz, mientras habito esta casa, voy y vengo descalza, murmurando y en la penumbra, para que ellos no sepan de mi día, para que ellos no sepan de mí. Y no quiero salir, y no quiero que me atrapen.

Pedro llegó hoy con terribles noticias, que ya era hora, que hacía una semana que estaba encerrada en este lado, y que era  el momento de verlos cara a cara, enfrentarlos, de una vez. Está bien, sí, hay que hacerlo. Mañana saldré por esa puerta, y lo haré de una vez. Se terminará el encierro.

Anoche no pude dormir, otra vez. Mi cuerpo es toda una náusea. ¿Cuántos días pasaron ya? ¿Podré acostumbrarme a esto alguna vez? Sé que hoy, el reloj como mis latidos se oirá más fuerte que los otros días, y estarán la pava a todo trapo, y el té, y las tazas y las cucharas. Y lanzaremos carcajadas desesperadas para fingir que todo está bien, mientras Bach nos apabulla con su violonchelo. Hoy visitaremos el otro lado de la casa, ese que habitaban mis queridos suegros antes de morir, hace una semana. Hoy finalmente descubriré que ya no están ahí.