Red Viral

Desde que empezó la cuarentena, los medios de comunicación y las redes sociales nos  han inundado con un caleidoscopio de noticias sobre la pandemia que abarcan desde catastróficas consecuencias sanitarias, económicas y sociales, hasta las más diversas conspiraciones bacteriológicas, y es precisamente en este punto donde quisiera detenerme porque, así como el virus penetró nuestro sistema inmunológico, estas conjuraciones han llevado a las convicciones mas perturbadoras, como la que envolvió a la periodista Romina Kusich, de quien desde hace un mes, y pese a todos los intentos por localizarla, se desconoce su paradero.

Desde hace ya veinte años Romina viene trabajando para distintos medios gráficos y radiales centrando sus investigaciones en temas de ciencia y salud, lo que la ha llevado a establecer contactos con encumbrados miembros de organizaciones no gubernamentales de salud, organismos públicos del área sanitaria, empresas farmacéuticas y profesionales de la salud. Su perseverancia en el trabajo le ha otorgado reconocimiento…pero también enconos debido a su empeño por desentrañar los diversos ardides utilizados, especialmente por los conglomerados farmacéuticos, para obtener las  licencias de patentamiento y distribución de medicamentos, y por supuesto la eclosión del COVID19 no fue la excepción.

Antes que el virus comenzara a circular por el país, Romina ya se había puesto a investigar diversos reportes sobre los posibles orígenes de la toxina. Ella estaba convencida que este agente infeccioso no tenía un origen natural sino que se trataba de un virus artificialmente producido a través de bioingeniería para utilizarlo como herramienta de poder y obtención de ganancias, tal como se lo había hecho saber a Valeria, su amiga de la adolescencia, y a Pablo, a quien conoce desde hace diez años cuando trabajaba en la redacción del matutino Infodiario, compartiendo la autoría de algunos trabajos y cierto vínculo afectivo que nunca se termina por definir.

Sus sospechas iban creciendo a medida que pasaban los días, su departamento, un tres ambientes ubicado en el barrio de Colegiales, en la intersección de las calles Conde y Céspedes, se había transformado en su búnker desde el inicio de la cuarentena. Su amplia cocina constituía el epicentro de su actividad, ya que había dispuesto en sus paredes pizarras recubiertas de corcho donde iba pinchando notas, fotografías y demás información relacionada con las distintas investigaciones que surgían de organizaciones y laboratorios en torno a posibles vacunas o tratamientos.

Una tarde, mientras agregaba, mate en mano, nuevos artículos en una de las pizarras, le llamó la atención una noticia que estaban transmitiendo en la TV, que daba cuenta de los avances de una Organización dedicada a estudios bacteriológicos, conocida como BioScience International, con sede en Ginebra, la cual aseveraba, a través de una entrevista a uno de sus directivos, que eran los únicos poseedores de la formula que, aseveraba, en dos meses comenzaría a combatir la toxina del COVID19 mediante una vacuna. Lo que la había sacudido no era la noticia, la cual daba por sentado que era una operación mediática, sino el hombre que aparecía al costado del directivo, sabía que lo había visto en algún lado con motivo de su trabajo, es decir, que había estado en el país, pero no podía recordar de donde. Esto la hizo reflexionar que posiblemente dicha organización podría estar operando en el país difundiendo algunas de las fake news viralizadas en las redes sociales, y procurando obtener influencia en la esfera gubernamental.

Ante los avances de lo que ella estaba convencida se trataba de una red  conspirativa internacional que intentaba obtener el control del manejo financiero sanitario a través de un virus artificialmente producido, Romina decidió grabar un video sosteniendo su hipótesis, para lo cual preparó un sector del comedor colocando una banqueta alta, delante de una ventana amplia y luminosa, flanqueada por dos maceteros colgantes del techo con sendos potus, una pecera – sabido es la sensación de serenidad que aporta y, a su criterio podría ser un buen detalle dado las características de la situación – y sentado sobre un puf, su perro Felipe, un schnauzer negro que la miraba atento mientras ella prepara el espacio para la grabación.

Una vez que hubo todo listo, llamó a Pablo, quien tras conocer la idea, la alertó de las posibles consecuencias que ello podría acarrearle, como amenazas, presiones, y perdidas de contactos laborales, sin embargo, el convencimiento de que esta organización pudiera estar infiltrándose en sectores de poder de decisión sobre políticas públicas sanitarias la habían convencido a seguir adelante.

A cabo de unos días, en los cuales su cuenta de youtube había estallado en cantidad de suscriptores tras la publicación de su video,  recordó que tenía guardado en uno de sus placares una caja con fotos relacionadas con su trabajo que nunca había encontrado tiempo para clasificar, y quizás alguna podría ser el cabo suelto que la llevara a ubicar a aquel hombre que había reconocido en la TV, la buscó y se puso a revisarlas, la mayoría era de entrevistas y eventos, ninguna parecía ser la pista que estaba buscando hasta que, casi al final de la caja, se encontró con dos fotografías en blanco y negro que le llamaron la atención, no por su tonalidad de tinte clásico, sino porque en ellas finalmente había reconocido a quien buscaba.

Hacía unos años había ido a cubrir un evento organizado para promocionar un nuevo medicamento, muy prometedor para contrarrestar las alteraciones sufridas en la glándula tiroides, sin embargo, tiempo después se descubrió toda una cadena de fraude que iba desde insuficientes estudios tanto de toxicidad como clínicos, y uno de quienes había sido imputado resultaba ser el hombre de la foto, Roberto Funes Cortes, quien había sido el director técnico del laboratorio.

Tras un par de llamados a colegas que cubren policiales, se enteró que gracias a un “arreglo” extrajudicial los cargos pudieron “limpiarse” y la causa había sido archivada, hecho que fortaleció la teoría que sostenía Romina quien a esa altura ya estaba obsesionada y sus amigos no sabían cómo frenar su embestida periodística, temiendo consecuencias que la pudieran perjudicar no solo laboralmente, sino en forma personal, pues sabían que si algo de lo que ella sospechaba era real, los contactos seguramente vendrían de quienes manejasen mucho poder.

Mientras que los medios de comunicación apenas le daban alguna cobertura a la posibilidad de una conspiración, las redes sociales explotaban y eso, se sabía, tarde o temprano, traería consecuencias.

Una tarde, luego de devolver a Kitty, la gata siamesa de la vecina que, como cada oportunidad que tenía, y contra cualquier pronóstico belicoso, se metía en su casa para jugar con Felipe, Romina recibió un llamado anónimo en su celular que le advertía: “Los posteos son como los virus. Se propagan y se multiplican en un abrir y cerrar de ojos y, cuando te das cuenta, todo el mundo está infectado y para combatir la infección es necesario aislar el foco infeccioso… cuidesde señorita Kusich, no vaya a ser que se infecte”, esas fueron las palabras que  escuchó dos días antes de desaparecer.

Procuró averiguar a quien pertenecía el número que la había llamado, sin poder obtener ningún resultado, ya que habían utilizado un móvil descartable, entonces se le ocurrió que la mejor manera de respaldarse era grabar un nuevo video contando el llamado recibido, y así lo hizo.

Los resultados no se hicieron esperar, un aluvión de mensajes inundaron las redes y su teléfono, alentándola…pero también alertándola.

Una tarde, la última, al regresar de comprar algunas cosas para la cena y estirar un poco las piernas de tanto encierro advirtió, a través de la ventana de su segundo piso, la presencia de un hombre de mediana edad, fumando, con un sobre todo color visón con la solapa levantada y bufanda escocesa en tonos otoñales, parado en la vereda de enfrente que miraba en dirección a su departamento, tras un momento de reflexión comenzó a sospechar que ya lo había visto parado allí vigilándola entonces decidió bajar y enfrentarlo, sin embargo cuando llegó a la calle, el hombre se había marchado, miró hacia todas las direcciones pero no había rastros de él, por lo que decidió regresar a su apartamento.

Al regresar a su apartamento advirtió que la puerta estaba abierta y Felipe estaba ladrando, se detuvo nerviosa frente a la puerta y al cabo de unos segundos vio salir velozmente a kitty, respiró profundamente e ingresó directo a la cocina para ordenar los que había comprado, sin embargo algo no encajaba, como había entrado la gata si la puerta la había cerrado al bajar, se sobresaltó y, al dirigirse al living para llamar a la policía, se encontró con dos personas enfundadas con trajes antivirales que se aproximaron a ella y, mientras una le aplicaba un pañuelo con cloroformo la otra le decía “Romina Kusich, venimos a llevarla a aislamiento…”