Cuarentena

El agobio es un sentimiento que no se puede obviar, es algo más. La sensación de encierro es un complemento efectivo para  que él se presente y nos haga pensar. Nunca he pasado por una situación como esta. La cuarentena se instaló o la instalaron y los virus intentan entrar. Con el paso del tiempo las rutinas de la casa fueron cambiando. Antes se decía: “Vamos al super” y nos preparábamos, ahora luego de esa frase comienza un operativo antiséptico descomunal. El barbijo se apodera de la mitad de la cara comenzando cierto ahogo. Nudo arriba, nudo abajo. La imagen se asemeja a la de los ladrones de las películas de cowboy complementada con un sombrero para tapar la pelada (estamos en otoño y hace frio) y lentes negros, no solo para el sol sino para que los virus no entren por los ojos. Llevamos guantes de látex puestos y el aerosol con un antiséptico que en realidad no sabemos si sirve para algo. El envase dice que mata el noventa y nueve coma nueve por ciento de los gérmenes. A esta altura quien puede creer en esa declaración. ¿Y el cero coma uno? ¿Qué hacemos con el cero coma uno? Antes de subirnos al coche nos cambiamos de calzado. Nos ponemos los de usar fuera de casa. Primera, segunda, tercera y en pocos minutos estamos estacionando dentro del super, son las ocho de la mañana y la cola de vecinos es lo bastante larga como para pensar que estaremos media hora a la intemperie mientras entran y salen grupos de diez personas dirigidas por el personal de vigilancia que hace todo lo posible para resultar amable. No se puede adivinar cuál es la realidad detrás de los barbijos y las caretas plásticas de los guardianes de la antisepsia. Por fin, luego de cuarenta y cinco minutos entramos previa fumigación de nuestras manos. Nuestro “changuito” también es friccionado con un trapo que a ciencia cierta no se sabe que finalidad tiene, tampoco el líquido que nos echaron en los guantes. Hacemos las compras lo más rápido posible ya son las diez. Las cajas están detrás de mamparas plásticas. Las cajeras, con mucha buena voluntad, no tienen más remedio, desinfectan su lugar cada vez que se retira un cliente. ¿Qué es lo que usan en los dispensadores de donde sale el aerosol? ¿Quién controla lo que se esparce? Todo es cuestión de fe. Con mucho cuidado guardamos las bolsas en el baúl del coche no sin cierto asco. ¿Cuanto vive el virus en el material plástico? Sabes que no me acuerdo. Eran tres días, eran doce. Tendré que consultar las tablas no bien llegue a casa. ¡Como me olvidé! Mejor la próxima la traeré para no dudar. Estar bien informado es esencial. Tampoco escuche los noticieros informando la cantidad de muertos, los enfermos, los que se recuperaron y los portadores. ¡No tengo perdón de Dios! ¿Habremos logrado que se aplanara la curva? Uno vive de fe. Los pronósticos del tiempo, dichos con mucha seguridad por los pronosticadores de turno, gente que estudió, que sabe lo que hace, muchas veces son erróneos. ¿Esta curva que hay que mantener plana estará bien calculada? ¿Sirve para pronósticos? Los asesores, ¿sabrán lo que dicen? Los infectólogos tienen opiniones dispares. Algunos dicen que la epidemia se resuelve sola, los virus irán desapareciendo naturalmente. Otros que hay que endurecer los controles y procurar inmovilizar a millones de personas en sus casas ya que hay un rebrote. ¡Es cuestión de fe! Once de la mañana, llegamos a casa. Comienza la Operación incorporación de material contaminado a la vida hogareña. Fumigación de las bolsas con hipoclorito al veinte por ciento. Lavado del contenido con agua y jabón. Pasan por algún método de desinfección, verduras, frutas, todos los alimentos envasados, la carne, hasta los envases de levadura en polvo. A esta altura el cansancio invade la casa. ¡Flor de cansancio! De los grandes y gordos. Nos miramos con mi mujer y sin decirnos nada pensamos lo mismo. La cara de “hay que tener fe” se apodera de nosotros. Los que han disfrutado de este estado fueron los niños de la casa, ellos sí. Mucha pantalla, mucho jueguito, mucho “esperá, esperá” cuando, ilusos, intentamos despegarlos de su entretenimiento. Han seguido aprendiendo, la rutina de la casa también se apoderó de ellos, los obligó a hacer algunas tareas hogareñas. En una situación como esta la poesía no existe ya que la tendencia es la practicidad, la rapidez sin razón y por momentos el no saber qué hacer sabiendo que hay muchas cosas pendientes. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que el cambio de dieta genero un tsunami gástrico, la flatulencia nos invadió. En todo momento algún integrante de la familia produce algún momento de diversión. Chicos y grandes le damos rienda suelta a nuestros alivios provocando la hilaridad del público, si lo hay o las corridas de nuestro gato que, asustado, toma la vía de escape más corta. En fin, los cereales no son buenos consejeros, no los recomiendo para usar en cuarentena. Se han modificado también los movimientos corporales. Parecemos “elefantes en un bazar”. Prácticamente no nos queda un vaso sano. Es de todos los días tirar alguna tasa, volcar la ensalada en el piso o salar la comida hasta niveles insoportables. Mi carpintería quedó a un lado. Una o dos veces por día me doy una vuelta, miro como está todo, acaricio alguna tabla y planifico un trabajo futuro, todo queda en la nada.

La iniciativa ha desaparecido. La pregunta es ¿para qué? Últimamente estoy durmiendo muy poco y sueño prácticamente todos los días.